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Prólogo

Inesperada y bella sorpresa el libro de Carlos Salamanca. Por dos razones. La primera: sucedió mientras lo leía algo que siempre encontré en las historias de las ciencias, pero de lo que nunca hubiera sospechado me vería como protagonista. Me refiero al hecho de que los investigadores de todos los saberes podemos trabajar largo tiempo en paralelo con otros, sin percatarnos de ello y, luego, son terceros del campo quienes nos informan acerca de la obra de nuestros alter ego. En este caso, tuve la fortuna de leer directamente y descubrir que Carlos y el tándem que formamos desde hace años Nicolás Kwiatkowski y yo nos habíamos enfrascado a la par en un mismo tema —las masacres modernas y los modos de contarlas o
representarlas—, habíamos desenterrado, por así decirlo, las mismas fuentes —el Book of Martyrs de John Foxe, los grabados de Perissin y Tortorel sobre las guerras religiosas en Francia, el Teatro de Richard Verstegen, las ilustraciones de De Bry para la edición latina de la Brevísima, escrita por el padre Las Casas y publicada en Frankfurt en 1598—, habíamos procurado definir los procedimientos de transmisión de las imágenes y las metáforas entre horizontes diferentes y lo habíamos logrado de forma muy parecida. No sólo eso, sino que me tocó la suerte, en buena hora, de escribir el prólogo del volumen donde Salamanca ha decido volcar y publicar sus textos. Me asiste entonces el derecho de decir que las coincidencias con
los dispositivos deducidos por el colega me proporcionan elementos, si no de certeza respecto de lo investigado y postulado, al menos de una cierta confianza en torno a la validez de nuestras búsquedas y resultados mutuos. El ver confirmadas hipótesis, matrices conceptuales, conclusiones, casi en simultáneo por otro científico de nuestras disciplinas, es, por cierto, un hecho a celebrar, pues demuestra que no andábamos desencaminados en el territorio complejo y poco frecuentado de las representaciones de los traumas colectivos, en un pasado de cuatro siglos atrás, o de sus proyecciones, útiles para la comprensión de la vida histórica del presente. Aunque no creamos demasiado en el Zeitgeist, podemos permitirnos el
señalar en los dolores, las perplejidades y las urgencias por entender el mundo actual, que mi generación y la de Carlos y Nicolás compartimos, el sustrato común e intenso del cual han nacido las semejanzas, prima facie asombrosas, de fines, documentos y métodos utilizados. Digámoslo en los términos de Carlo Ginzburg. Hemos empleado el mismo lenguaje
etic para formular preguntas al pasado y supimos descifrar de maneras concurrentes las respuestas en lenguaje emic que nos llegan de las fuentes literarias e iconográficas, tan alejadas en el tiempo.

Ahora bien, la segunda razón de la sorpresa. Una vez analizadas las convergencias, debo indicar los apartamientos. Por nuestra parte, los escritos que Nicolás y yo produjimos alrededor del tema de la representación-explicación de las masacres se asientan en un abordaje tozudamente historiográfico, vale decir, un modo racionalizante de aprehender el pasado, que se empeña en construir y preservar una distancia existencial entre el relato y la materia desvanecida de lo narrado. Carlos
Salamanca, en cambio, pivoteó sobre la memoria, esto es, la facultad de la mente y de la experiencia humana que anhela preservar lo acaecido en el pasado con una vitalidad y una pregnancia tales que convierten lo pretérito en un desgarramiento del presente. Por ello, Salamanca genera una herramienta de estudio y comprensión de los materiales históricos, la
muy densa y rica categoría de “mediaciones de memoria”, que introduce una paradoja interesante en nuestro contrapunto. A quienes nos hemos recostado tanto en la teoría y en el método de Aby Warburg a la hora de construir nuestra propia brújula para orientarnos en el pasado, esto es, el concepto de “fórmula de representación de la masacre histórica”, entonces, a historiadores como los que Nicolás y yo pretendimos ser, Carlos nos recuerda que si hay un factor warburguiano por excelencia en el proceso de comprensión de lo humano, tal es la memoria, alegorizada por Mnemosyne, madre de las musas y nombre del proyecto máximo del Warburg sismógrafo de las culturas. A decir verdad, hemos subordinado la memoria a la razón, Mnemosyne a Atenea, Alejandría a Atenas. Por eso, nos ha venido de perlas este libro de Salamanca para saber que la
combinación dialéctica de la ilustración historiográfica y los mecanismos mnémicos (claro que éstos no serían los artificios del ars memorandi, sino las figuras indeterminadas y creadas a perpetuidad de la materia viva, pasada, presente y perenne tal cual la concebía Giordano Bruno), el salto de la una a los otros y viceversa es el método que necesitamos para entender tanto qué nos diferencia del pasado cuanto qué perdura latente e irrumpe de él en nuestras aventuras de hoy.

José Emilio Burucúa (UNSAM)
Buenos Aires, 21 de abril de 2015

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